domingo, 18 de junio de 2017

Los abanicos de papel o el tercer mundo comienza en los Pirineos

Tal vez, seguro, que este título es erróneo, porque en España, efectivamente, hay 3 millones de niños bajo el nivel de la pobreza y 14 millones de hogares que subsisten milagrosamente mediante esa limosna que les cae no sabemos muy bien de donde, pero también es cierto que en este jodido país vive uno de los 3 hombres más ricos del mundo, sí, porque según las organizaciones internacionales que establecen los índices de desigualdad este asqueroso país es uno de los más desiguales de la Tierra. Pero eso sí, en fútbol, somos los mejores porque para este deporte, el nuevo “panem et circenses”, no se escatima ni un euro.
Desde que el genio de Lampedusa estableció su máxima: es preciso que todo cambie para que todo siga igual, la conformación del mundo mundial (¿o es global?) se pergeñó de esta hipócrita manera: no más divisiones Norte-Sur, con un Norte espléndido y un Sur de auténticos esclavos, a partir de aquel momento, Norte y Sur, señores y esclavos podían convivir, es una manera de hablar, sobre ese mismo pedazo de la Tierra que hemos dado en llamar Estado o Nación, según de lo que estemos hablando.
A partir de ese momento cómo se podía hablar, tratándose, por ejemplo, de Nueva York, de señores y de esclavos, si unos y otros podían deambular, al propio tiempo, por la Gran Avenida.
El problema ya no era que los negros habían de usar autobuses para ellos solos o utilizar la parte trasera de los de los blancos. No.
El problema es que los negros tenían que vivir en barrios aparte, Harlem, por ejemplo, que funcionaban como auténticos gettos.
De modo que los negros ya no estaban en Africa pero era aún peor que si continuaran allí.
Pero yo no quería hoy escribir de los negros y los blancos y cómo funciona su convivencia en los Estados Unidos de América.
Yo quería hablar de España y de lo que está ocurriendo en Valdemoro.
En Valdemoro viven los que no pueden hacerlo en Majadahonda, La Finca o alguno de estos otros barrios para supermultimillonarios de Madrid.
Y ya me parece estar oyendo a Cristina Cifuentes decir:
-Oiga, y usted que me dice con eso a mí, si yo vivo de alquiler, porque tengo que cumplir con la máxima de Lampedusa. Yo ahora, mientras esté en política, tengo que vivir así, porque es preciso que todo cambie para que todo siga igual, cómo si no, podría hoy yo dirigirme a todas esas madres que indignadas ven como sus hijos en Valdemoro se desmayan porque no pueden soportar el calor que hace en su aulas de estudio. Ya tendré tiempo, luego, cuando me vaya o cuando me echen, de vivir en esa clase de palacios que hemos visto que se han procurado Ignacio González y Francisco Granados para cuando por fin salgan de la cárcel. Mientras tanto, yo tengo que callarme y mirar para otro lado, cuando mi consejero de sanidad les dice a esas indignadas madres que un abanico de papel, confeccionado con sus propias manos, por sus hijos, es mucho mejor para su salud que el aire acondicionado.

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